El Presidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi, ha sido uno de los líderes más convencidos de la necesidad de mantener los estímulos monetarios en la zona euro, con la compra de deuda tanto pública como privada, y buscando acelerar el crecimiento y la inflación. Tras la reunión de diciembre, el ente redujo el ritmo de los estímulos para los próximos meses,  pero es claro que estos podrían incrementarse en caso de ser necesarios.

Con un crecimiento económico cercano al 1.6%, un desempleo de 9.8% y una inflación que no alcanza aún el 1.0%, los resultados continúan siendo insuficientes y parece ser que la eficacia de los estímulos monetarios ha llegado a un límite, dificultando el margen de acción de la banca central, y sin el apetito político necesario para pensar en estímulos fiscales; de forma que no solo aumenta la divergencia con la estrategia que ha tomado la Reserva Federal de los Estados Unidos, sino que, ante un escenario de mayores tasas de interés en ese país, muchos inversionistas podrían comenzar a dirigir sus recursos de Europa a las nuevas oportunidades en los Estados Unidos.

A lo anterior, se suma un escenario político complicado, en medio del Brexit y negativa a la reforma constitucional en Italia, contribuyendo a incrementar los movimientos euroescépticos y nacionalistas, especialmente en momentos de campañas electorales en Francia y Holanda, que podrían darle el triunfo a estos bloques y dificultar más la realidad política en la Unión Europea, a pesar de que el FMI y el BCE han insistido en la necesidad de que los países busquen reformas estructurales que permitan contribuir a una mayor productividad y crecimiento.

Con esto, la expectativa para Europa es de cautela, sin esperar cambios positivos importantes, donde el escenario esperado de mejor perspectiva, sería continuar con leves mejoras en sus principales indicadores.