China ha estado en la mira de los analistas desde que inició la transición en su modelo económico, pasando de una economía intensiva en exportaciones e inversiones en infraestructura, a una más dependiente del consumo y los servicios. El costo de oportunidad ha sido un menor crecimiento, pasando de crecer cifras de dos dígitos a una proyección para el 2016 de 6.7%, que finalmente estaría alcanzado sin grandes sobresaltos.

Las autoridades chinas han combinado política monetaria y política fiscal, con estrategias dirigidas a sectores específicos, caso de las reformas para profundizar el crédito, lo cual  ha sido efectivo para dinamizar la economía, eso sí, elevando de forma importante el endeudamiento, tanto del Gobierno como del sector empresarial.

Aunque las cifras de crecimiento han disminuido, tiende a perderse de vista que, en términos absolutos, el Producto Interno Bruto de China continúa creciendo de forma elevada, de manera que el país se mantiene estable y en la ruta a una transición gradual. Con el cambio de modelo, los principales perjudicados han sido países que anteriormente exportaban importantes cantidades de materias primas a China, al disminuir el precio de estos insumos y, con ello, reducir los ingresos para sus economías, fenómeno que es posible se mantenga durante los próximos meses.

Con una inflación que ronda el 2.1% y un crecimiento esperado alrededor del 6.5%, China mantiene una perspectiva estable en sus principales indicadores y, aunque el principal riesgo es que la economía muestra niveles de crecimiento menores a los esperados, es posible que las autoridades continúen interviniendo en caso de ser necesario, de manera que la evolución de la economía de China no sería un factor desestabilizador en el escenario global, aunque estarán bajo escrutinio las posibles tensiones geopolíticas con el nuevo presidente norteamericano, que podría traer efectos en materia comercial y cambiaria.